Travesuras en la Sala Neza
MARI0 J. ZEPEDA Y MARTÍNEZ[1]

LA PLUMA DEL GANSO 80
Al regresar del intermedio para ocupar su puesto de chelista en el foro de la Sala Neza, los ojos de Gabriela se toparon con una sorpresa: el arco del instrumento había desaparecido. En su lugar, reconoció la flauta transversa de Güendolín, por lo cual le dirigió la mirada esperando que pudiera darle razón sobre la localización del aditamento. Mas la descubrió también turbada por percatarse de la ausencia de su flauta, y haber hallado en su lugar unos cascabeles confeccionados con cáscaras de nueces y semillas, sobre los cuales Jorge, el percusionista, no cesaba de preguntar si alguien los había visto. Él, en cambio, traía la batuta del director en la mano, sin saber como había llegado hasta los timbales y la quería devolver.
La confusión iba creciendo entre los miembros de la Filarmónica de la UNAM[2] pero todavía vibraba en tenor discreto. Este humor se desbordó cuando regresó al foro el concertino, Lazlo, quien en vez de su fino violín, encontró aquella bolsa de dama, color carmín, adornada con lentejuelas plata y oro. Entonces escuchó los gritos de una mujer que, desde la cuarta fila de las butacas del primer piso, exigía se la devolvieran pues traía allí su cartera, el celular, las llaves de su casa -únicas que tenía- y iqué carambas!, sobre todo porque era suya, lo podía comprobar.
Entre tanto, el reconocido maestro italiano Fucus Mastronini, director huésped, cruzó erguido y confiado las puertas de acceso al foro, para iniciar la segunda parte del programa. Paso seguro sobre el bien pulido piso de madera, porte alto y esbelto, y el traje impecablemente presentado, llegó hasta el podio. Allí, en vez de encontrar a la magnífica orquesta universitaria lista para comenzar la música, ya habiendo dado, como siempre, los últimos toques a la afinación, advirtió una confusión creciente de ejecutantes y público. Mal recuperado del barullo reinante y de la sorpresa de no recibir el aplauso de cortesía que suele prodigar el público a los directores al aparecer, se aproximó a su atril, y en vez del libro con la partitura de la Quinta Sinfonía de su compatriota Albiano Tercutoni, halló una pila de talones de boletos de acceso al concierto, arrumbados desordenadamente y desparramados hasta el suelo. Afuera, en los vestíbulos, la confusión también crecía: un piano bloqueaba la puerta del baño de caballeros, por lo cual los melómanos que confiadamente habían aprovechado el intermedio para ir a orinar, ahora solicitaban auxilio a gritos para salir del sanitario. Un nivel arriba, en la cafetería, se constató que las servilletas utilizadas para limpiarse los bigotes de leche capuchinera o de tinto, dejados por los sorbos de los cultos clientes a sus bebidas, estaban hechas con el papel de las partituras del tercer movimiento de la creación de Tercutoni.
Elisa, la veterana antropóloga, era quizá la única entre los asistentes que en ese minuto no se encontraba del todo sorprendida. Ubicada en uno de los asientos del coro, atrás y arriba de la orquesta, observaba atenta los acontecimientos. Desde allí vio correr al enano con los pies al revés, cara de niño travieso y risa incontenible, escapando veloz por entre las piernas de los empleados acomodadores, buscando el refugio de las oquedades y recovecos de la piedra volcánica en el Espacio Escultórico de Ciudad Universitaria.
Entonces vinieron a su mente las lecciones tomadas décadas atrás en los salones de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, no muy lejos de allí, en Cuicuilco, sobre los dioses menores de la mitología mexicana que gustan de esconder las cosas y adoran las travesuras. La sorpresa se convirtió entonces en esa rara emoción -alegría y temor a la vez,- que creció rápidamente hasta desbordarse en el potente grito del cual no se sabía capaz, resonando su voz en todo el recinto:
"¡Chaneque!"
[1] Mexicano
ECONOMISTA
Correo electrónico: marjzepeda@gmail.com
[2] Universidad Nacional Autónoma de México
Te veré en mis sueños
MARIO J. ZEPEDA[i]

LA PLUMA DEL GANSO 87
Las manos de Juan Urbano, escritor, aún vuelan casi ágiles sobre las teclas de la computadora. Son conducidas por las últimas ráfagas de una jornada fecunda en inspiración. Si, pero agotadora. La noche y los años pesan ya sobre sus ojos. Es la luna después de Ia luna. Hoy escribe para recordar y homenajear sus primeros encuentros con Irene, dos décadas atrás:
De pie, detrás de ti
rozo las palmas de tus mano
que en respuesta
hacen tibio hogar para mis dedos
me acerco más
beso suavemente el cuello
tu hombro salta como conejo feliz.
Contrayéndote
inclinas la cabeza y cierras los ojos
el breve gemido-risa que emites desboca mis ansias
que se sienten autorizadas para conquistar
nuevos territorios de tu piel
poso mi mano en tu boca, el premio es un ósculo
y la humedad de tus
labbbbbbbbbbbbbb\xgfr55.....
Cabecea.
No puede más, pero -piensa- debe continuar, vencer el cansancio. Urgente entregar su escrito a la amada ausente. Se para. Se estira cuan largo es. Se frota prolongadamente los ojos. Relee. No le convence lo redactado. Intentará otra frase.
En el radio portátil la melancólica locutora del programa nocturno informa: "Nueva York. Nueva protesta en Wall Street realizada por los ocupas. Asistió, en muletas, el cantautor norteamericano Peter Seeger de más de 90 años. Reconocido por los asistentes fue saludado con cariño. A continuación dos de sus cancio- nes más famosas: We shall over come y Turn, turn, turn"
Juan recuerda los años en California, como indocumentado, en Ia década sesenta. Rememora los programas en televisión de Buscando al arco iris (Rainbow Quest) que dirigía Seeger. Los miraba en blanco y negro junto con el nutrido grupo de migrantes alojados en aquel sótano-refugio que era su hogar, casi prisión. Magnífico y atrevido ese Pete: siempre con un banjo en la mano conversaba y tocaba lo mismo con Bob Dylan, que con los más desconocidos bluseros y folkloristas de la época, fueran negros o blancos. La música debía unir a los pueblos, decía. Así, un día entrevistó a Phan Duy, cantautor vietnamita, en los meses en que ascendía la invasión yanqui. Lo hizo cantar y explicar en esa sesión, desde melodías populares rurales hasta bélicas canciones de la resistencia anti-intervencionista. Los racistas lo odiaban y rabiaban con sus emisiones.
Pero ahora Juan decide continuar con los asuntos de su nostálgico corazón. Necesario completar el homenaje a Irene. Siempre supo que terminarían pero la relación fue luminosa. Se daba fuerzas con aquella frase de Silvio Rodríguez: "te amaré, aunque tenga final". Nuevo intento de escribir sobre su primer acercamiento físico, consecuencia del pleno roce de sus almas.
De pie, desde atrás
mis manos avanzan en tus hombros recorriendo
el cuello hasta el escote de la holgada blusa
los dedos -jugueteando en el borde entre la tela y tu piel-
se atreven hasta la frontera del sostén
"¡eeey!"
protestas más bien suave que enérgica
tus manos contienen por un momento el avance de las mías
apretándolas justo donde inician tus hermosos senos
yo presiono un poco para avanzar hacia las cumbreeeeeeereteymmmmkkkk
Cabecea nuevamente. EI sueño lo está venciendo. Ya no resiste como antes. Se vuelve a levantar dirigiéndose al baño para remojarse la cara. Se sirve un café. Vuelve a estirarse. En Ia radio Pete Seeger ahora canta "Forever Young" de Bob Dylan. Juan se distrae con la letra:
"Que dios te bendiga y guarde siempre/ que todos tus deseos se vuelvan realidad / que siempre hagas por los otros/ y dejes a los otros hacer por ti"
"...que crezcas para ser justo/ que crezcas para ser sincero/ que puedas conocer Ia verdad / y ver las luces que te rodean/ que puedas permanecer por siempre joven / joven por siempre"
¿Por siempre joven? Vaya ironía. En el espíritu tal vez, isi!; ¿pero el cuerpo...?
"... que tus manos siempre estén ocupadas /' que tus pies ligeros sean siempre / que tengas fuertes principios/ para cuando los vientos cambien de dirección
que tu corazón esté siempre alegre/ que tus canciones siempre sean cantadas"
En este momento logra retomar el escrito de su carta homenaje:
De pie detrás de ti
mis brazos te rodean recargando tu espalda en mi pecho
recuestas la cabeza contra mi mentón
el aroma de tu pelo me inunda y embriaga
te beso la mejilla
volteas la cara y besas mis labios
Estrecho mi adelante con tu atrás
así, apretados, a empujoncitos,
nos vamos aproximando al sillón,
nos besamos largammmmmmm.,.,mm.... . . m
Han pasado varias horas. En la radio suenan las noticias vespertinas. EI agente del ministerio público da constancia de Ia muerte frente a su computadora, de Juan Urbano, masculino, tal vez 82 años, ocurrida cerca de las 4:32 de la madrugada. Al parecer un infarto. La casera se atrevió a usar la llave copia porque Juan no respondía, y llama a Irene de 46 años para que de fe del levantamiento del cuerpo. No se le conocen otros parientes o amigos. Ella llega acompañada con su novio de 48 años. Triste realiza el trámite, avisa a un nieto de Juan que vive en provincia y se retira. Sobre la impresora quedan las hojas del escrito que no fue leida. "Buenas noches Irene, te veré en mis sueños" se iba a llamar.
[i]Mexicano
ECONOMISTA
Correo electrónico: marjzepeda@gmail.com